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Recetas para Pablo Casado

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La pregunta de qué PP quiere Pablo Casado no puede responderse si al mismo tiempo no se cuestiona qué modelo de España defiende. Si su dibujo es un Estado esencialmente centralista, donde no cabe otra militancia identitaria que la rojigualda, excluyendo cualquier otra opción complementaria —sin subordinación de banderas, todas en igualdad—, es lógico que crea que el PP debe ser teledirigido por Génova 13 como quien pilota un Ferrari en un videojuego, es decir, ajeno a la realidad.

España es diversa. En determinados lugares hay sentimientos no necesariamente enfrentados, pero que pueden ser superpuestos para lograr un todo global en un proyecto colectivo de éxito. Se es español de muchas maneras, y una es la que propone el PP gallego, aunque eso lleve a que algunos torpemente comparen a Feijóo con Pujol (¿será posible?) o lo acusen de nacionalista desde las posiciones más refractarias. ¿La fórmula es buena o mala? Parece que las tres mayorías absolutas de Feijóo dan una oportuna respuesta, ¿verdad?

Un discurso nacional no significa un discurso para que guste en la calle Serrano. En Galicia, Feijóo no habla para la calles del Príncipe o Real. No habla solo para ellas, cabría matizar. También lo hace para las pequeñas aldeas de ciudadanos galegofalantes que aprecian que un dirigente se dirija no en una lengua de izquierdas o derechas, ni nacionalista o independentista, sino en la que escucharon a sus padres por vez primera.

Y cuando a esos ciudadanos viene un tipo de Palencia a decirles que su lengua no vale para escolarizar sino que todo debe supeditarse masivamente al castellano, se produce un rechazo. Porque el ciudadano considera que a él no se le entiende. Ni se le respeta. Las lenguas no tienen ideología salvo para quienes las manipulan con ese fin, y normalmente acaban escaldados por esas maniobras.

El modelo de Estado es también el modelo de sociedad. En una España diversa, cada territorio expresa su preocupación por determinados temas. Si Casado hubiera levantado el teléfono y hablado con sus barones, habría visto que el aborto o el 155 no figuraban entre las preocupaciones de sus correspondientes ciudadanos. Y sí las pensiones, las políticas de empleo o, por encima de todo eso, una mejor financiación para la sanidad y la educación públicas.

A Feijóo le llevó varios años aprender la diversidad gallega, pero llegó a tiempo para coger el tren de la Xunta en 2009, del que no se ha bajado desde entonces. A Pablo Casado el AVE a la Moncloa del 28-A le ha pasado por encima. Depende de él que tenga una segunda oportunidad.

José Luis JiménezJosé Luis Jiménez
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