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Nicole Krauss: «Vivimos una época oscura»

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Sólo los grandes escritores son capaces de separar su realidad de su ficción. Y únicamente los dotados con eso que llaman genio se atreven a dar un paso más y toman su propia vida como materia narrativa. La transforman y moldean, según sus necesidades, y se convierten en conejillos de Indias de su obra para ver hasta dónde les puede llevar su escritura, cuáles son los límites (si es que los hay). Es el caso de Nicole Krauss (Nueva York, 1974). La estadounidense comparte con una de las protagonistas de «En una selva oscura» ( Salamandra), su última novela, que el próximo jueves se publica en España, nombre, oficio, lugar de residencia (Brooklyn), número de hijos (dos) y crisis matrimonial (en su caso, terminó en sonado divorcio del también autor de éxito Jonathan Safran Foer; en la novela, será mejor que el lector lo averigüe). La Nicole de la ficción opta por marchar a Tel Aviv en busca del rumbo perdido, ciudad en la que el excéntrico millonario neoyorquino Jules Epstein ha desaparecido, para desconcierto de su familia. Los destinos de ambos discurren en paralelo en las páginas del libro, con Kafka como invitado de excepción, mientras Krauss mueve los hilos.

¿Qué le llevó a mezclar su propia vida con la ficción?

Quería que el lector se cuestionara cómo construimos un sentido del yo. Lo hacemos a través de una narrativa, que recibimos cuando somos niños, de la mano de nuestros padres, con las historias que deciden contarnos. Eso se convierte en algo muy rígido. El yo es una invención, una creación, pero no tenemos una libertad pura, creamos según nuestras experiencias. Por el bien de mi conversación con el lector, pensé que lo mejor, lo más justo, era llamar al personaje Nicole y darle pequeños detalles de mi vida; ver qué le pasa a ese yo cuando se le da la libertad de la ficción, al romper la narrativa y no cumplir ciertas leyes y formas.

¿No tiene a veces la sensación de que la gente cree saber cosas de usted que ni se acercan a la verdad?

Sí, totalmente. Pero no pienso mucho en ello porque es algo bastante abstracto. Tu vida es lo que le pasa a tus hijos ese día. Esa es la vida real. A veces me he encontrado historias extrañas sobre mí que no me puedo creer y nadie puede creerse, pero lo olvido rápido.

La experiencia de ser escritor implica una dualidad: ¿cómo se lidia con dos vidas diferentes en la misma vida?

Me gusta mucho tener ambas, es una bendición. Esos contrastes son importantes. Tienes tu imaginación, la filosofía y el espíritu, y luego debes satisfacer las necesidades de niños pequeños, ocuparte de ellos. No es siempre un equilibrio fácil, pero ahora mis hijos han crecido, tienen 10 y 13 años, y es más fácil. A mí me funciona. No es un equilibrio perfecto, pero no importa.

La novela encierra una reflexión muy profunda acerca de nuestro sentido de la realidad: qué es real y qué no lo es.

En nuestra cultura está disminuyendo la capacidad de hacernos preguntas porque estamos obsesionados con la información, con el conocimiento, le damos mucho poder. Empecé a pensar cómo nos atrae y fascina la idea de que en Google podemos encontrar todo lo que necesitamos saber en cualquier momento. A mí, en cambio, me fascina lo desconocido. Por eso escribo. Quería escribir sobre personajes que se alejan de la certeza y van hacia la incomodidad de la incertidumbre, con la riqueza de la contemplación de esa perspectiva.

¿Por qué nos preocupa tanto la certeza y nos inquieta la incertidumbre?

Cuando estaba escribiendo la novela me planteé cómo aceptamos ciertas percepciones de la realidad, incluso sabiendo que son una ficción colectiva. Necesitamos esa ficción para vivir como sociedad. Esas narrativas colectivas son útiles, pero también problemáticas porque nos impiden ver ciertas cosas. He llegado a plantearme si la realidad es real o hay algo más ante lo que cerramos los ojos. Hemos construido la sociedad moderna a partir del concepto de persona racional, pero hemos llegado al final de lo que lo racional puede hacer por nosotros. Y en el camino hemos perdido instintos, habilidades.

Con los dos protagonistas aprendemos que la vida es cambio, transformación. ¿Qué lección sacó usted?

Lo que dice es totalmente cierto: la vida consiste en cambiar, y lo que me emociona de vivir son esas posibilidades de transformación. En la esfera de la literatura añadimos constantemente dimensiones a nuestro ser aprendiendo una nueva vida, nuevos personajes, y luego convertimos esas experiencias en arte. Naturalmente, hay consecuencias, porque, como seres humanos, necesitamos estabilidad desesperadamente, coherencia. Pero eso también puede atraparnos y limitar nuestras miras.

Hablando de limitaciones, ¿ha llegado a temer perder su libertad creativa, su pulso, para agradar a sus lectores?

Sin duda. Tengo miedo, pero cuando me doy cuenta me resisto. Mis libros nunca se adaptan a eso. Tengo que ir a contracorriente, cuestionar. No es fácil, y sé que no siempre es atractivo, pero no puedo evitar priorizar eso y la libertad que conlleva.

¿Y cómo consigue un escritor que el lector confíe en él? Porque es la única forma de que la novela funcione.

Totalmente. En unas pocas frases, el lector puede determinar si el autor es sincero consigo mismo. No sé cómo, pero los lectores lo sienten. Le puedo dar veinte libros y me puede decir enseguida qué autores son sinceros y cuáles no. Cuando ves que ese autor es auténtico y sincero, confías en él.

En el libro, un profesor jubilado de literatura le dice a Nicole: «Un escritor no puede escapar de la lengua que recibió al nacer». ¿Está de acuerdo?

Un puñado de escritores han encontrado sus voces, milagrosamente, en otras lenguas, como Conrad o Nabokov. Pero, en general, naces con una lengua. Por eso cuando hablas una lengua diferente, te sientes un poco como una persona distinta. La lengua es el tono, es la textura, es cómo nos sentimos dentro de nosotros mismos… El lector existe en otra lengua, pero no el escritor.

¿Escribir de la crisis de Nicole sobre el valor que da a la literatura le hizo cuestionarse su propia escritura?

Por desgracia, siempre me cuestiono mi trabajo. Al principio de cada novela sé que voy a tener que pasar esa época en la que me quedo sin sentido y no soy capaz de entender por qué.

¿Sigue compartiendo con su personaje la ansiedad por su trabajo?

Ahora mismo no, pero sé que la ansiedad volverá. Sin duda. Y acepto que es parte de mi oficio, lo que hace que el motor siga funcionando.

El personaje de Nicole se siente más cómodo en Tel-Aviv que en casa, en Brooklyn. ¿Qué significa Israel para usted? ¿Siente que es su verdadero hogar?

Sí, allí me siento en casa. Es una constante geográfica a lo largo de cuatro generaciones de mi familia. Es un lugar de consistencia, de importancia. La sociedad de Israel es muy nueva y está bajo mucha presión. Es una tierra con mucha pasión y dinamismo. Hay algo profundo que también está en la superficie. En EE.UU. la gente tarda más en abrirse y en entablar una conversación íntima sobre su vida.

En el libro, hay una conversación en la que se desliza que la obra de Nicole pertenece a los judíos, no a sí misma. ¿Qué piensa del crecimiento de los sentimientos patrióticos exacerbados, identitarios, en todo el mundo?

Es increíble, porque en cierto modo necesitamos el sentido de identidad y pertenencia para que nuestra sociedad funcione. Yo vivo en Nueva York, pero mis impuestos se destinan a colegios en California para ayudar a niños que nunca conoceré. Funciona porque comparto la idea de que pertenezco a ese grupo más amplio de personas en EE.UU. Pero se convierte en un problema cuando sentimos que un grupo se está apoderando de lo que es nuestro. El mundo es cada vez más pequeño, cada vez hay menos recursos y esos recursos son cada vez más valiosos. Añádale el cambio climático. la yihad global y todo lo demás… Vivimos una época que da miedo.

Bueno, al menos tenemos la literatura.

Tenemos la literatura.

A los 25 años dejó de escribir poesía y se centró en la novela. ¿Lamenta algo de aquella decisión?

Nada en absoluto. La novela es mi forma;en ella me siento en casa. Tengo mucho que ver con ella y que me da la oportunidad de redefinirme cada vez que escribo. Me encanta la poesía, pero no creo que sea una poeta de la misma manera que soy profundamente una novelista.

En definitiva, la novela cuestiona el papel de la narrativa en nuestras vidas. Para usted, ¿qué significa la escritura?

Es un lugar donde tengo la suerte de estar en contacto con la incertidumbre, con lo desconocido. Es un hermoso lugar. Es el lugar al que ir y deambular, en el que esperar alguna forma de transformación, grande o pequeña. Cuando algo nos conmueve, en un verso de un poema o en una novela, significa que ya no somos como antes, hemos cambiado. La literatura puede cambiar nuestra vida, ser un espacio dedicado a eso.

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